«El volumen del tiempo», de Solvej Balle.
18 de Noviembre, la vida detenida y el deslumbramiento de lo mínimo
El 18 de noviembre no es un dato menor al hablar de El volumen del tiempo. En la serie concebida por Solvej Balle, este día es el que se repite una y otra vez, atrapando a la protagonista en un bucle que desafía la lógica del tiempo y obliga a replantear la vida desde sus cimientos.
“Es dieciocho de noviembre. Ya me he hecho a la idea. Me he habituado a los sonidos, a la luz grisácea de la mañana y a la lluvia que enseguida comenzará a caer en el jardín. Me he habituado al ruido de pasos por la casa, al abrir y cerrar de puertas. Oigo a Thomas salir del salón para ir a la cocina, dejar la taza en la encimera, y no transcurre mucho tiempo antes de que lo oiga en la entrada. Oigo que descuelga su abrigo del perchero, oigo que se le cae el paraguas al suelo y que luego lo recoge.”
Con El volumen del tiempo, la escritora danesa emprende una de las propuestas más singulares de la literatura europea contemporánea. Una obra en siete volúmenes, de los cuales dos se han publicado ya en castellano por la editorial Anagrama. Ambos trazan el recorrido íntimo y filosófico de Tara Selter, una mujer que descubre que cada mañana vuelve a despertarse en el mismo día del calendario, aunque las consecuencias de sus actos sigan acumulándose.
El primer volumen expone la perturbación inicial. Tara intenta comprender cómo convivir con una anomalía que altera su vida doméstica, amorosa y emocional. El diario que escribe avanza desde el desconcierto hacia una forma de resistencia: escribir para que el tiempo no la devore, para dejar constancia de que algo persiste incluso en lo inmóvil. El mundo permanece congelado en un 18 de noviembre perpetuo, pero el cuerpo envejece, los objetos se gastan, los vínculos se tensan. Allí reside el corazón de este primer tomo, en cómo lo cotidiano se vuelve extraño, casi amenazante.
“Es a mí a quien espera. Me llamo Tara Selter. Estoy sentada en la habitación del fondo que da al jardín y a una leñera. Es dieciocho de noviembre. Cada noche, cuando me acuesto en la cama supletoria de la habitación, es dieciocho de noviembre, y cada mañana, cuando me despierto, es dieciocho de noviembre. He perdido la esperanza de despertarme el diecinueve de noviembre, y tampoco recuerdo el diecisiete de noviembre, que fue ayer.”
En el segundo tomo, Balle demuestra que su proyecto no es una simple variación sobre el motivo del “día que se repite”, sino una exploración mucho más honda. Tras un año entero viviendo en el mismo día, Tara decide intervenir en su destino: si el calendario no avanza, será ella quien le imponga señales, estaciones, celebraciones. Quiere recuperar la estructura del tiempo aunque el tiempo se haya roto.
En este sentido, El volumen del tiempo II introduce un desplazamiento crucial: la protagonista empieza a viajar, a buscar respuestas y aprendizajes. La novela se abre no en sucesos, que siguen anclados al mismo día, sino en la expansión de su conciencia. La repetición se convierte en una forma radical de introspección.
Los dos tomos publicados hasta ahora forman una especie de tratado narrativo sobre la fragilidad de la realidad. ¿Qué ocurre cuando el tiempo no avanza? ¿Qué define la identidad si todo a nuestro alrededor permanece estático? La autora responde sin grandilocuencia, desde una escritura que mira lo mínimo, un objeto que se agota, un gesto que deja huella, un ritual reconstruido para no perderse.
La serie propone una lectura pausada, filosófica, profundamente emocional. Una invitación a observar la vida en su detalle más ínfimo, porque en un día eterno cada matiz importa.
Solvej Balle (1958, Jutlandia, Dinamarca) es una de las voces más destacadas de la literatura danesa contemporánea. Formada en literatura comparada y filosofía, debutó en los años noventa y desde entonces su obra se caracteriza por la exploración de los límites entre percepción, lenguaje y experiencia. El volumen del tiempo, concebida originalmente en siete entregas, marcó su consagración internacional y le valió el Premio de Literatura del Consejo Nórdico y amplió su reconocimiento más allá de Escandinavia. Su estilo, reflexivo y depurado, combina la observación microscópica de la vida cotidiana con preguntas metafísicas sobre el tiempo, la identidad y la memoria.
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