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Cuando los cambios alimentan la cultura
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Cuando los cambios alimentan la cultura

En general todo cambio rompe con una tradición. Por tal motivo el cambio en sí mismo debe tener la fortaleza para resistir los embates de un concepto conservador que intentará por todos los medios defender lo adquirido.

Luis López Salaberry

Aunque lo adquirido no sea virtuoso siempre ofrecerá resistencia. La tradición implica aquello que se encuentra incorporado en el inconciente colectivo y que se nutre de cantidades, usos y costumbres y ejemplos que lo exteriorizan. Puede ocurrir que romper con esa interpretación incorporada implique dar un salto en el vacío o, por el contrario, que sin solución de continuidad, por el mismo cambio, se forme y fortalezca un nuevo criterio que dé lugar a una nueva cultura que a su vez ponga la base para la formación de una nueva tradición.
 Esto ocurre con la corrupción en la democracia o en los gobiernos dictatoriales, la que mas allá del sabor amargo que significaba en la reflexión no permitía ser erradicada de la estructura del Estado. 


También del pensamiento de ciertos funcionarios que entendían que era un elemento intrínseco de la función. La inexistencia de instrumentos aptos para erradicar ese flagelo podría ser identificado en la falta de una justicia independiente, que se movía en los ritmos del poder, probablemente por el temor ante éste, lo que de por sí no la podría justificar.
 He sostenido en otras oportunidades que el Poder Judicial que acompañó a los gobiernos no democráticos, precisamente era cómplice del accionar del dictador y que si bien era razonablemente correcto no exigir héroes en sus funcionarios y magistrados, el admitir y subordinar su accionar hacía nacer una actitud ilegal. Pero, por otra parte, la corrupción en la democracia niega a ésta y la niega por violar la Constitución y el Estado de Derecho. La historia de nuestro país es rica en manifestaciones donde, el estado que imponía las condiciones y se encontraba por encima de la ley, generaba en quienes, haciendo el juego y en beneficio personal o de grupos, se acomodaban a tales características. 


Llámense empresarios, sindicatos o la propia Justicia que, mirando hacia el otro lado, permitían lo incorrecto aunque era un secreto conocido por toda la sociedad. Frente a aquel dicho que admitía el robo de las arcas del estado, porque quienes lo hacían eran pocos, o aquellos de que robaban pero hacían, se fue adquiriendo la idea de que prácticamente era normal ese círculo vicioso. Hoy estamos observando varios funcionarios que, imputados de delitos contra la administración pública, lo que yo englobaría como delitos contra cada uno de los habitantes de este país, se encuentran presos. La detención de Julio De Vido, luego de producido el desafuero por la Cámara de Diputados, implica toda una innovación. Implica en principio romper con la tradición. En primer lugar, luego de mucho tiempo, hemos escuchado discursos de diputados que han encuadrado dentro de los parámetros constitucionales lo que son los fueros parlamentarios. Por fin se han dado cuenta de que los fueron no son un privilegio frente a la comisión de ilícitos que nada tienen que ver con la libertad de expresión y el resguardo de la seguridad de los parlamentarios en el ejercicio de su función. La tradición sostenía que podían hacer cualquier cosa y hasta se había llegado a la conclusión que en el proceso podían estar, pero detenidos nunca, mientras los fueros los acompañaran. En octubre de 2017 eso cambió. Es probable que por primera vez un diputado se encuentre detenido en un penal por orden de un juez. Ya entonces se considera anormal la corrupción y aparece un nuevo concepto, se destierra la impunidad. Estamos frente a un espejismo? Es de esperar que no, que surja la verdad sobre la cosa pública. Que la ética y la moral del funcionario en el accionar correcto para el bien de todos, que permita el surgimiento de la Argentina como un país desarrollado material y espiritualmente, sea la normalidad.
 La excepción, que siempre podrá existir sea condenable y condenada. Que alimentando nuestra cultura republicana donde la ley sea igual para todo y para todos y que permitiendo la unidad de los sectores y clases sociales, tirando a la basura la grieta, podamos confiar en que se es funcionario para servir y no ser servido con la pobreza de la gente, con la carencia de elementos que hacen indigna la vida, con el silencio del temor de muchos y con la picardía de unos pocos que siempre vivieron del delito y la impunidad. Que no sea un espejismo. 
 

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Cuando los cambios alimentan la cultura

En general todo cambio rompe con una tradición. Por tal motivo el cambio en sí mismo debe tener la fortaleza para resistir los embates de un concepto conservador que intentará por todos los medios defender lo adquirido.

Aunque lo adquirido no sea virtuoso siempre ofrecerá resistencia. La tradición implica aquello que se encuentra incorporado en el inconciente colectivo y que se nutre de cantidades, usos y costumbres y ejemplos que lo exteriorizan. Puede ocurrir que romper con esa interpretación incorporada implique dar un salto en el vacío o, por el contrario, que sin solución de continuidad, por el mismo cambio, se forme y fortalezca un nuevo criterio que dé lugar a una nueva cultura que a su vez ponga la base para la formación de una nueva tradición.
 Esto ocurre con la corrupción en la democracia o en los gobiernos dictatoriales, la que mas allá del sabor amargo que significaba en la reflexión no permitía ser erradicada de la estructura del Estado. 


También del pensamiento de ciertos funcionarios que entendían que era un elemento intrínseco de la función. La inexistencia de instrumentos aptos para erradicar ese flagelo podría ser identificado en la falta de una justicia independiente, que se movía en los ritmos del poder, probablemente por el temor ante éste, lo que de por sí no la podría justificar.
 He sostenido en otras oportunidades que el Poder Judicial que acompañó a los gobiernos no democráticos, precisamente era cómplice del accionar del dictador y que si bien era razonablemente correcto no exigir héroes en sus funcionarios y magistrados, el admitir y subordinar su accionar hacía nacer una actitud ilegal. Pero, por otra parte, la corrupción en la democracia niega a ésta y la niega por violar la Constitución y el Estado de Derecho. La historia de nuestro país es rica en manifestaciones donde, el estado que imponía las condiciones y se encontraba por encima de la ley, generaba en quienes, haciendo el juego y en beneficio personal o de grupos, se acomodaban a tales características. 


Llámense empresarios, sindicatos o la propia Justicia que, mirando hacia el otro lado, permitían lo incorrecto aunque era un secreto conocido por toda la sociedad. Frente a aquel dicho que admitía el robo de las arcas del estado, porque quienes lo hacían eran pocos, o aquellos de que robaban pero hacían, se fue adquiriendo la idea de que prácticamente era normal ese círculo vicioso. Hoy estamos observando varios funcionarios que, imputados de delitos contra la administración pública, lo que yo englobaría como delitos contra cada uno de los habitantes de este país, se encuentran presos. La detención de Julio De Vido, luego de producido el desafuero por la Cámara de Diputados, implica toda una innovación. Implica en principio romper con la tradición. En primer lugar, luego de mucho tiempo, hemos escuchado discursos de diputados que han encuadrado dentro de los parámetros constitucionales lo que son los fueros parlamentarios. Por fin se han dado cuenta de que los fueron no son un privilegio frente a la comisión de ilícitos que nada tienen que ver con la libertad de expresión y el resguardo de la seguridad de los parlamentarios en el ejercicio de su función. La tradición sostenía que podían hacer cualquier cosa y hasta se había llegado a la conclusión que en el proceso podían estar, pero detenidos nunca, mientras los fueros los acompañaran. En octubre de 2017 eso cambió. Es probable que por primera vez un diputado se encuentre detenido en un penal por orden de un juez. Ya entonces se considera anormal la corrupción y aparece un nuevo concepto, se destierra la impunidad. Estamos frente a un espejismo? Es de esperar que no, que surja la verdad sobre la cosa pública. Que la ética y la moral del funcionario en el accionar correcto para el bien de todos, que permita el surgimiento de la Argentina como un país desarrollado material y espiritualmente, sea la normalidad.
 La excepción, que siempre podrá existir sea condenable y condenada. Que alimentando nuestra cultura republicana donde la ley sea igual para todo y para todos y que permitiendo la unidad de los sectores y clases sociales, tirando a la basura la grieta, podamos confiar en que se es funcionario para servir y no ser servido con la pobreza de la gente, con la carencia de elementos que hacen indigna la vida, con el silencio del temor de muchos y con la picardía de unos pocos que siempre vivieron del delito y la impunidad. Que no sea un espejismo. 
 

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