Estudios revelan que la expansión de arbustos en la Patagonia estaría vinculada a compuestos químicos del suelo
La química oculta detrás del crecimiento de arbustos en detrimento de los pastos del Monte Patagónico
por REDACCIÓN CHUBUT 17/03/2026 - 19.57.hs
¿Por qué en las zonas más áridas de la Patagonia los arbustos ganan terreno mientras los pastos retroceden? Dos estudios del IPEEC-CONICET, publicados en el Journal of Arid Environments, analizan este proceso combinando experimentos y datos a escala regional. El trabajo muestra que, además de la falta de agua y la presión del pastoreo, existen interacciones químicas entre plantas que pueden afectar la germinación y el crecimiento de especies clave en estos ecosistemas.
En los ambientes áridos y semiáridos del sur argentino, la convivencia entre arbustos y pastos perennes define buena parte del funcionamiento ecológico y productivo. Sin embargo, en las últimas décadas se ha observado un patrón recurrente: los arbustos aumentan su cobertura mientras los pastos disminuyen. Tradicionalmente, este fenómeno se explicó por la combinación de aridez creciente y alta presión de pastoreo. Ahora, nuevas investigaciones suman un factor menos visible pero igualmente relevante: la alelopatía, es decir, la liberación de compuestos químicos por parte de algunas plantas que afectan a otras.
El primero de los estudios, encabezado por Giovana Magalí Muñoz junto a Analía Carrera, Mónica Bertiller y Hebe Saraví Cisneros, demostró experimentalmente que arbustos típicos del Monte Patagónico, como la jarilla (Larrea divaricata) y el molle (Schinus johnstonii), liberan compuestos químicos que pueden interferir en la germinación de otras especies. Estos compuestos —principalmente fenoles solubles— llegan al suelo a través de lixiviados generados por la lluvia o el rocío.
Los ensayos mostraron que estos lixiviados no solo reducen la proporción de semillas que logran germinar, sino que también retrasan ese proceso. En ambientes donde las condiciones favorables para establecerse son escasas y de corta duración, germinar más tarde puede significar menores probabilidades de acceso a agua y nutrientes, y por lo tanto, menor éxito en la supervivencia.
A mayor aridez, más toxicidad
El segundo trabajo, con Mónica Bertiller como primera autora y Analía Carrera, Hebe Saraví Cisneros, Giovana Magalí Muñoz y Sonia Oliferuk como coautoras, amplía la escala de análisis a lo largo de un gradiente de aridez en la Patagonia. Los resultados indican que, a medida que aumenta la aridez, también lo hace la proporción de arbustos en relación con los pastos perennes, junto con mayores concentraciones de fenoles solubles en los tejidos vegetales.
Este patrón sugiere que en los ambientes más secos no solo hay menos agua disponible, sino también una mayor probabilidad de que ocurran interacciones alelopáticas negativas que afectan a los pastos. En contraste, en zonas menos áridas, donde predominan arbustos con compuestos menos activos desde el punto de vista químico, no se registraron evidencias de este tipo de interacciones.
A este escenario se suma un factor clave para los sistemas productivos: la presión de pastoreo. Los pastos perennes son altamente valorados por los herbívoros debido a sus características mesófitas, lo que los vuelve más palatables y, por ende, más consumidos. Esta presión reduce su cobertura y capacidad de recuperación. En cambio, muchos arbustos presentan altas concentraciones de compuestos químicos potencialmente alelopáticos, como los fenoles solubles, que no solo afectan a otras plantas sino que también los hacen menos atractivos para el consumo, favoreciendo su persistencia e incluso su expansión.
En conjunto, los estudios aportan evidencia de que la dinámica entre arbustos y pastos en la Patagonia responde a múltiples factores que interactúan entre sí: la disponibilidad de agua, la presión del pastoreo y las interacciones químicas entre plantas. Comprender estos procesos resulta clave para interpretar los cambios en la vegetación y pensar estrategias de manejo y restauración en ecosistemas áridos, donde pequeñas diferencias en los mecanismos de competencia pueden tener efectos duraderos en el paisaje.
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