Forrest y Madryn, una historia que el tiempo no borra
POR GUSTAVO GÓMEZ
por REDACCIÓN CHUBUT 31/01/2026 - 20.29.hs
Manuel Forrest llegó a Puerto Madryn como suelen llegar las historias que después se vuelven leyenda: sin anuncios rimbombantes, con un bolso cargado de pasado y una vida entera pidiendo revancha. Para entonces, ya había recorrido mucho más que canchas de básquet. Había atravesado calles ásperas, pérdidas irreparables y sueños interrumpidos. Y, sin saberlo, estaba a punto de dejar una huella imborrable en una ciudad que estaba dispuesta a adoptarlo en su corazón, para siempre.
Había nacido el 5 de marzo de 1963, en el West End de Louisville, un barrio bravo donde la infancia se curtía a golpes. Su madre tenía apenas 19 años y tres hijas cuando él llegó al mundo. La pelota naranja apareció casi por accidente, aquella tarde en la que Darrell Griffith reparó en ese chico alto, de nudillos gastados por peleas callejeras, y lo invitó a jugar en un playground. Manuel Edward Forrest aceptó sin dudar, aun cuando jamás había tocado un balón de básquet. Tenía 10 años. El resto fue aprendizaje a la intemperie.
Su talento lo llevó a destacarse en la High School y a compartir la nominación al All American Team 82-83 nada menos que con Pat Ewing. Pero el sueño grande se torció temprano: una rotura del tendón rotuliano de la pierna izquierda le puso un límite a sus aspiraciones en el alto nivel norteamericano. Como tantos otros, se sumó a la legión de jugadores que cruzaron fronteras en busca de trabajo y de una segunda oportunidad.
La Argentina apareció en 1985. Punta Alta fue su primera parada, con Sporting, y luego Pacífico de Bahía Blanca, ya en la Liga A. En ese tiempo, la vida volvió a golpearlo con fuerza: murió su madre. Con Sporting conoció Puerto Madryn, como rival, en duelos intensos frente a Deportivo Madryn que anticipaban, sin saberlo, un vínculo profundo.
Ese vínculo se selló en 1987, cuando llegó para reforzar al Madryn que afrontaba su primera Liga B. Arribó acompañado por su hijo de 10 años, Manu Jr., y con esa sonrisa amplia que nunca lo abandonaría. Debutó en la cuarta fecha, en el Palacio Aurinegro, ante Rivadavia de Necochea: triunfo 83-80, 18 puntos y la sensación de que algo especial estaba naciendo. Bajo la conducción de Alfredo Casado, Forrest se convirtió en una referencia dentro y fuera de la cancha. Un crack de los que no abundan: alegre, verborrágico, gracioso, siempre dispuesto, puro corazón.
Su carrera continuó con idas y vueltas por el básquet argentino. En 1988 volvió a Pacífico para jugar la Liga Nacional y fue estandarte de aquel equipo verde junto a Marcelo Richotti: 36 minutos, 19 puntos y 12 rebotes de promedio en 34 partidos. Alero de origen, mutó en un “cuatro” moderno antes de que el término se pusiera de moda, con tiro de tres, salto explosivo y un carisma que llenaba gimnasios. En 1989, otra herida: la muerte de una hermana de apenas 32 años.
En 1990 vistió la camiseta de Olimpo en la temporada corta y dejó números impactantes: 22 puntos y 10 rebotes en 35 juegos. Luego llegaron Gimnasia de Pergamino y, otra vez, Madryn.
La Liga 92-93 lo encontró nuevamente en la ciudad, otra vez con Casado como entrenador, en un plantel que mezclaba experiencia y futuro: Horvath, Milanesio, Mallemaci, Torres, Suppi, y dos pibes del club que marcarían época, Juan Manuel Iglesias y Pablo Marani. Forrest jugó 33 partidos y promedió 21 puntos, reafirmando que Madryn también era su casa.
Su último paso en el basquet profesional fue en Quilmes de Mar del Plata, en la 2001-2002. Cerca de los 40, le dijo adiós al basquet.
El 10 de enero de 2013, el deporte argentino amaneció con una noticia devastadora: Manuel Forrest había fallecido tras una larga enfermedad. El impacto fue enorme. Se hablaba de una de las grandes estrellas de los inicios de la Liga Nacional. Pero la muerte fue un error. Forrest seguía vivo, había superado la enfermedad, aunque la vida aún le debía más golpes: adicciones, trabajos perdidos, una economía al borde del abismo.
Hoy, con cicatrices visibles y otras invisibles, su presente es mejor. No es la historia perfecta del héroe sin fisuras, pero sí la de un hombre que nunca dejó de pelear. En Puerto Madryn, su nombre todavía despierta recuerdos, aplausos imaginarios y noches de básquet que parecen más grandes con el paso del tiempo. Porque Manuel Forrest no fue solo un extranjero talentoso: fue parte de la memoria emotiva de un club y de una ciudad que lo adoptó para siempre.
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