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La grieta, en la historia del país

En los medios informativos, particularmente en este proceso electoral, se ha tratado de vincular la famosa grieta con los disensos y divisiones que tuvo el pueblo argentino en el pasado. Una gran cantidad de ciudadanos piensa que esta vinculación no es correcta y además está teñida de ideologías que se proclaman como dueñas de la verdad y descalificatorias de las demás.

Por Redacción Chubut

En atención a eso, vamos a ver que dice la historia de nuestro país analizada y vista con ojos puestos únicamente en la documentación disponible y al alcance de cualquier investigador. 
Al momento de las invasiones inglesas, como reflejo de los vaivenes de la etapa napoleónica y la diversidad de adhesiones a hechos históricos que marcaron rumbos inconmovibles como la Independencia de los estadounidenses y la Revolución Francesa, a lo que se agrega la inestabilidad gubernamental en España y sus repercusiones en el Río de la Plata, la población de Buenos Aires reaccionó unida y venció a los ingleses.
La Revolución de Mayo inició la primera división entre realistas y patriotas y, al mismo tiempo, Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, envía tropas a los pueblos norteños y se van consolidando caudillos en las Provincias Unidas del Río de La Plata y surgen los antagónicos unitarios y federales.
Con la deposición del gobierno de Rosas, el general Urquiza comienza el proceso de la organización nacional y en poco tiempo surge el denominado problema la «cuestión Capital».
Tanto los unitarios como los federales eran conscientes de los pergaminos indiscutibles que tenía la ciudad de Buenos Aires como capital y, por eso, todos la querían como capital, con algunas resistencias precisamente en gente de la provincia de Buenos Aires, sin tener en cuenta el nivel de lucha política constante, aunque con pluralidad de fines según los tiempos y las circunstancias. Siempre se dijo «Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires».
Los argentinos tuvimos la suerte que fuera esa la época de los grandes estadistas, entre los que citamos al General Julio Argentino Roca, a cuyo genio debemos la Patagonia, Carlos Pellegrini y Domingo Faustino Sarmiento, a los que agregamos Dalmacio Vélez Sarsfield, Juan Bautista Alberdi y el General Justo José de Urquiza y sus renunciamientos.
Fue la época en que se sentaron las bases políticas que hicieron de la República Argentina uno de los países que apuntaban como más importantes del mundo y con un ingreso per cápita que llegó a ser el más alto de todos y, al mismo tiempo, hubo también muchas alianzas y posturas políticas que fueron desapareciendo y una sola se consolidó y fue la Unión Cívica Radical de Alem, Yrigoyen y Alvear.
Predominaron con el fraude y otras triquiñuelas los conservadores como gobernantes y los radicales promovieron un conjunto de revueltas que terminaron con la Ley Sáenz Peña y su ascenso al poder con Hipólito Yrigoyen, como Presidente en 1916.
Después, como preludio de la próxima división entre los argentinos, tenemos la fallida revolución del general Uriburu con el capitán Juan Domingo Perón en el estribo del automóvil triunfante, que fueron incapaces de heredar el Gobierno porque el poder lo tenía el general Agustín Pedro Justo, cuya muerte en enero de 1943, abrió paso a la Revolución del 4 de junio de ese año, motorizada por el Coronel Perón. Fue notable y singular el caluroso apoyo del Gobernador cordobés yrigoyenista Del Castillo, cuyo vice era el doctor Illia.
Se consolidaron las posiciones y surgió una nueva división conocida como peronistas y radicales que se prolongó durante años con muchas vicisitudes, entre otras el destierro de Perón, su vuelta precedida por movimientos terroristas como Uturunco en Tucumán y llegó en democracia la orden a las Fuerzas Armadas de aniquilar los grupos terroristas.  El Gobierno de la presidenta María Estela Martínez de Perón, sin sustento sucesorio y con políticos como Ricardo Balbín que admitieron el desmoronamiento de la democracia, nos condujo al Gobierno dictatorial y genocida de las Fuerzas Armadas.
El presidente Raúl Alfonsín valientemente y por primera vez en el mundo sometió a juicio a la cúpula de las Fuerzas Armadas y fueron condenados de por vida.
Después de los motines militares y del asalto a La Tablada por Gorriarán Merlo que públicamente afirmó y reconoció la guerra fratricida. El presidente Alfonsín sancionó, en su condición de Comandante en Jefe, el «punto final» y la «obediencia debida».
El presidente Carlos Menen, que resolvió con justeza el reclamo nacionalista de los restos del dictador Rosas, indultó a terroristas y militares que no pertenecían a las cúpulas y consiguió con esta medida el asentimiento del mayoritario espíritu cristiano del pueblo argentino.
Hubo paz hasta que los Kirchner se apropiaron y prostituyeron el principio de los derechos humanos y dieron rienda suelta al odio y resentimientos de los que querían vengar y llevar a cabo los objetivos del marxismo-leninismo.
Esta actitud de venganza es lo que provocó la grieta. La mayoría pretende la paz y la vida, y unos pocos el odio y la muerte.
 

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La grieta, en la historia del país

En los medios informativos, particularmente en este proceso electoral, se ha tratado de vincular la famosa grieta con los disensos y divisiones que tuvo el pueblo argentino en el pasado. Una gran cantidad de ciudadanos piensa que esta vinculación no es correcta y además está teñida de ideologías que se proclaman como dueñas de la verdad y descalificatorias de las demás.

En atención a eso, vamos a ver que dice la historia de nuestro país analizada y vista con ojos puestos únicamente en la documentación disponible y al alcance de cualquier investigador. 
Al momento de las invasiones inglesas, como reflejo de los vaivenes de la etapa napoleónica y la diversidad de adhesiones a hechos históricos que marcaron rumbos inconmovibles como la Independencia de los estadounidenses y la Revolución Francesa, a lo que se agrega la inestabilidad gubernamental en España y sus repercusiones en el Río de la Plata, la población de Buenos Aires reaccionó unida y venció a los ingleses.
La Revolución de Mayo inició la primera división entre realistas y patriotas y, al mismo tiempo, Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata, envía tropas a los pueblos norteños y se van consolidando caudillos en las Provincias Unidas del Río de La Plata y surgen los antagónicos unitarios y federales.
Con la deposición del gobierno de Rosas, el general Urquiza comienza el proceso de la organización nacional y en poco tiempo surge el denominado problema la «cuestión Capital».
Tanto los unitarios como los federales eran conscientes de los pergaminos indiscutibles que tenía la ciudad de Buenos Aires como capital y, por eso, todos la querían como capital, con algunas resistencias precisamente en gente de la provincia de Buenos Aires, sin tener en cuenta el nivel de lucha política constante, aunque con pluralidad de fines según los tiempos y las circunstancias. Siempre se dijo «Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires».
Los argentinos tuvimos la suerte que fuera esa la época de los grandes estadistas, entre los que citamos al General Julio Argentino Roca, a cuyo genio debemos la Patagonia, Carlos Pellegrini y Domingo Faustino Sarmiento, a los que agregamos Dalmacio Vélez Sarsfield, Juan Bautista Alberdi y el General Justo José de Urquiza y sus renunciamientos.
Fue la época en que se sentaron las bases políticas que hicieron de la República Argentina uno de los países que apuntaban como más importantes del mundo y con un ingreso per cápita que llegó a ser el más alto de todos y, al mismo tiempo, hubo también muchas alianzas y posturas políticas que fueron desapareciendo y una sola se consolidó y fue la Unión Cívica Radical de Alem, Yrigoyen y Alvear.
Predominaron con el fraude y otras triquiñuelas los conservadores como gobernantes y los radicales promovieron un conjunto de revueltas que terminaron con la Ley Sáenz Peña y su ascenso al poder con Hipólito Yrigoyen, como Presidente en 1916.
Después, como preludio de la próxima división entre los argentinos, tenemos la fallida revolución del general Uriburu con el capitán Juan Domingo Perón en el estribo del automóvil triunfante, que fueron incapaces de heredar el Gobierno porque el poder lo tenía el general Agustín Pedro Justo, cuya muerte en enero de 1943, abrió paso a la Revolución del 4 de junio de ese año, motorizada por el Coronel Perón. Fue notable y singular el caluroso apoyo del Gobernador cordobés yrigoyenista Del Castillo, cuyo vice era el doctor Illia.
Se consolidaron las posiciones y surgió una nueva división conocida como peronistas y radicales que se prolongó durante años con muchas vicisitudes, entre otras el destierro de Perón, su vuelta precedida por movimientos terroristas como Uturunco en Tucumán y llegó en democracia la orden a las Fuerzas Armadas de aniquilar los grupos terroristas.  El Gobierno de la presidenta María Estela Martínez de Perón, sin sustento sucesorio y con políticos como Ricardo Balbín que admitieron el desmoronamiento de la democracia, nos condujo al Gobierno dictatorial y genocida de las Fuerzas Armadas.
El presidente Raúl Alfonsín valientemente y por primera vez en el mundo sometió a juicio a la cúpula de las Fuerzas Armadas y fueron condenados de por vida.
Después de los motines militares y del asalto a La Tablada por Gorriarán Merlo que públicamente afirmó y reconoció la guerra fratricida. El presidente Alfonsín sancionó, en su condición de Comandante en Jefe, el «punto final» y la «obediencia debida».
El presidente Carlos Menen, que resolvió con justeza el reclamo nacionalista de los restos del dictador Rosas, indultó a terroristas y militares que no pertenecían a las cúpulas y consiguió con esta medida el asentimiento del mayoritario espíritu cristiano del pueblo argentino.
Hubo paz hasta que los Kirchner se apropiaron y prostituyeron el principio de los derechos humanos y dieron rienda suelta al odio y resentimientos de los que querían vengar y llevar a cabo los objetivos del marxismo-leninismo.
Esta actitud de venganza es lo que provocó la grieta. La mayoría pretende la paz y la vida, y unos pocos el odio y la muerte.
 

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