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CAUTIVOS

En estos tiempos de tanta libertad condicionada, uno necesita, aunque sea, soltar palabras como pájaros al viento; habladas o escritas, intentando buscar alrededor y encontrar en algún vuelo algo que le diga y lo cautive, que lo seduzca de alguna manera para sentir que es posible vislumbrar otro horizonte.

Elida Fernandez

Alguna historia que conmueva… Porque cuando algo cautiva uno siente que ha quedado prendido entre sus brazos. Entre-tenido, tenido- entre palabras y casi al pasar me doy cuenta que “casualmente” he elegido una palabra que en algún punto se encuentra con nuestra condición, la ilustra desde esa otra vertiente que guarda entre sus letras. Porque estamos cautivos, retenidos, hemos sido de alguna manera capturados por algo que lejos de seducirnos nos ha convertido en sus prisioneros, como una relación tóxica nos ha privado haciéndonos capitular la voluntad.
Y como una idea nos lleva a otra, enlazándolas como trenzas, mis pensamientos me llevan a otra relación. ¡Tan metafórica! Sí, me llevan a reencontrarme con una historia, tal vez la que estaba buscando, de cautivos y de trenzas. Y en un santiamén me veo en aquel mítico pueblito de San Basilio del Palenque, a pocos kilómetros de Cartagena de Indias, ese que fue el primer pueblo libre de esclavos africanos en América, allí se refugiaron aquellos que habían logrado escapar de las duras condiciones de vida en los sembradíos y minas de la corona española.
Arrancados de sus tierras sin pertenencia alguna, solo pudieron conservar sus tradiciones y algunos rituales, así pastaban, pescaban, forjaban el hierro, poniendo especial arreglo en el cuidado de sus cuerpos y sus cabellos. Las mujeres llevaron consigo esa habilidad especial en sus manos para trenzarlos.
Esas trenzas eran más que un ornamento, ellas contaban acerca de quien las lucía, decían de su origen, edad, el lugar y poder que tenían. Guardaban en su memoria 60 maneras distintas para enlazarlas, torzarlas, separarlas o unirlas, y esa forma que le daban llevaba mensajes diferentes, alegrías, tristezas, secretos… y fueron reconocidas desde aquellos tiempos como las trenzas de la libertad, porque dibujaban una especie de cartografía capilar que permitió encontrar las rutas de escape hacia las tierras libres.
Ese camino lo fueron diseñando las esclavas en sus trenzas. Lo único que el amo no podía poseer eran sus pensamientos, sus deseos y esos largos silencios. Como ellas no eran tan vigiladas como los hombres podían andar, merodeando inocentemente alrededor de los caminos y propiedades del amo, y así recorrían senderos, ríos, montañas, sembradíos, reconocían límites y descubrían atajos, y sus ojos alertas registraban cada detalle en su memoria. Al volver lo tejían en las cabezas de las niñas, esculpiendo una cartografía desde la frente hasta la nuca, indicando con nudos, tamaños, moños y curvas, puntos de referencia. La brújula de los esclavos para escapar estaba allí en esas cabezas, a la luz de todo sol, pero encriptado en cada uno de esos apretados nudos que eran el símbolo de su libertad, su lenguaje de supervivencia.
Como ellas, tal vez este lenguaje lo estemos construyendo día a día, nuestro “amo” es versátil, perverso en su crueldad, hemos anudado y desanudado trenzas, buscando caminos y atajos, construyendo murallas y cartografías que no han dado aún con el ansiado camino a lalibertad...seguimos cautivos, será cuestión de emular a aquellas mujeres que supieron sostener la esperanza, utopía que lleva a seguir andando, porque el horizonte está siempre un poco más allá…convocándonos…

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CAUTIVOS

En estos tiempos de tanta libertad condicionada, uno necesita, aunque sea, soltar palabras como pájaros al viento; habladas o escritas, intentando buscar alrededor y encontrar en algún vuelo algo que le diga y lo cautive, que lo seduzca de alguna manera para sentir que es posible vislumbrar otro horizonte.

Alguna historia que conmueva… Porque cuando algo cautiva uno siente que ha quedado prendido entre sus brazos. Entre-tenido, tenido- entre palabras y casi al pasar me doy cuenta que “casualmente” he elegido una palabra que en algún punto se encuentra con nuestra condición, la ilustra desde esa otra vertiente que guarda entre sus letras. Porque estamos cautivos, retenidos, hemos sido de alguna manera capturados por algo que lejos de seducirnos nos ha convertido en sus prisioneros, como una relación tóxica nos ha privado haciéndonos capitular la voluntad.
Y como una idea nos lleva a otra, enlazándolas como trenzas, mis pensamientos me llevan a otra relación. ¡Tan metafórica! Sí, me llevan a reencontrarme con una historia, tal vez la que estaba buscando, de cautivos y de trenzas. Y en un santiamén me veo en aquel mítico pueblito de San Basilio del Palenque, a pocos kilómetros de Cartagena de Indias, ese que fue el primer pueblo libre de esclavos africanos en América, allí se refugiaron aquellos que habían logrado escapar de las duras condiciones de vida en los sembradíos y minas de la corona española.
Arrancados de sus tierras sin pertenencia alguna, solo pudieron conservar sus tradiciones y algunos rituales, así pastaban, pescaban, forjaban el hierro, poniendo especial arreglo en el cuidado de sus cuerpos y sus cabellos. Las mujeres llevaron consigo esa habilidad especial en sus manos para trenzarlos.
Esas trenzas eran más que un ornamento, ellas contaban acerca de quien las lucía, decían de su origen, edad, el lugar y poder que tenían. Guardaban en su memoria 60 maneras distintas para enlazarlas, torzarlas, separarlas o unirlas, y esa forma que le daban llevaba mensajes diferentes, alegrías, tristezas, secretos… y fueron reconocidas desde aquellos tiempos como las trenzas de la libertad, porque dibujaban una especie de cartografía capilar que permitió encontrar las rutas de escape hacia las tierras libres.
Ese camino lo fueron diseñando las esclavas en sus trenzas. Lo único que el amo no podía poseer eran sus pensamientos, sus deseos y esos largos silencios. Como ellas no eran tan vigiladas como los hombres podían andar, merodeando inocentemente alrededor de los caminos y propiedades del amo, y así recorrían senderos, ríos, montañas, sembradíos, reconocían límites y descubrían atajos, y sus ojos alertas registraban cada detalle en su memoria. Al volver lo tejían en las cabezas de las niñas, esculpiendo una cartografía desde la frente hasta la nuca, indicando con nudos, tamaños, moños y curvas, puntos de referencia. La brújula de los esclavos para escapar estaba allí en esas cabezas, a la luz de todo sol, pero encriptado en cada uno de esos apretados nudos que eran el símbolo de su libertad, su lenguaje de supervivencia.
Como ellas, tal vez este lenguaje lo estemos construyendo día a día, nuestro “amo” es versátil, perverso en su crueldad, hemos anudado y desanudado trenzas, buscando caminos y atajos, construyendo murallas y cartografías que no han dado aún con el ansiado camino a lalibertad...seguimos cautivos, será cuestión de emular a aquellas mujeres que supieron sostener la esperanza, utopía que lleva a seguir andando, porque el horizonte está siempre un poco más allá…convocándonos…

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