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¿Qué nos está pasando?
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¿Qué nos está pasando?

Caminando la calle y observando a nuestro alrededor, vamos viendo cómo la vida se va transformando y todo aquello que antiguamente era normal -a nuestro entender- hoy se ha desfasado.

Emilio Balado

Las infracciones de automovilistas y también de peatones, las paredes pintadas demostrando no sé qué cosa, con dibujos extravagantes y consignas difíciles de entender en un mundo civilizado. Muchachones vagando y pareciera que sin una ocupación cierta. El desprejuiciado arrojar papeles y otros elementos, que incluyen la participación de desechos de mascotas en veredas y calles.

La falta de controles que regulen una vida más comprometida con lo racional, ayudan a todo esto. Ni contar de los ordenamientos que deberían existir en muchas cosas, algunas penadas que nadie hace cumplir, arrimándonos así al «Viva la Pepa», como se decía antes. Qué antiguo -dirá alguno-. Y sí, de una época donde te enseñaban el respeto por los demás y por la cosa pública, donde en la escuela aprendías a leer y escribir y a interpretar textos.

Algo que hoy ya se va perdiendo, pero donde la primera educación te la enseñaban en casa, donde difícilmente hubiera niños caprichosos. Claro está, hoy existen los derechos del niño; y así nos va.

Es difícil operar en una transformación donde la tecnología ha avanzado tanto que pareciera que los viejos cánones quedaron en desuso. La costumbre de compartir y dedicarnos a cosas tan simples como la lectura, están perdiendo espacio ante la computadora y ese aparato que robotiza que es el teléfono celular. Maravilloso elemento moderno, si se empleara módicamente, pero hoy lamentablemente está cambiando el proceder de la gente.

Sólo basta ver cualquier reunión donde participan varias personas para entender cómo cada uno está en un espacio virtual, donde la participación colectiva queda en un segundo plano.
El mundo que nos toca vivir y el que viene, quizás sea más complejo y nuestra capacidad de entendimiento de lo real, se complica. Pero tal vez en una vuelta a lo humanizado, a los valores que hoy añoramos -porque nos parece que eran los mejores- vuelvan a nosotros.

No sólo porque se crea que debe existir un ordenamiento que nos permita dejar bien atrás la época de las cavernas, sino porque en un mundo cada vez más complicado, se deberán extremar todas las habilidades para poder continuar una vida que entendemos debe ser normal. Y alguien preguntará qué es «lo normal», y yo diría que es aquello que nos permite comportarnos como seres humanos con respecto a sí mismos y también al prójimo.

El mundo sigue andando y las perspectivas de algo diferente, que ennoblezca al ser humano, van quedando atrás y con pocas posibilidades de encauzar la vida. ¿Pensar en negativo? Quizás. Cómo quisiera uno que no fuera así, y que realmente la esperanza que nunca debe faltar, sea el complemento necesario que nos ayude a vivir en el futuro.


 

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¿Qué nos está pasando?

Caminando la calle y observando a nuestro alrededor, vamos viendo cómo la vida se va transformando y todo aquello que antiguamente era normal -a nuestro entender- hoy se ha desfasado.

Las infracciones de automovilistas y también de peatones, las paredes pintadas demostrando no sé qué cosa, con dibujos extravagantes y consignas difíciles de entender en un mundo civilizado. Muchachones vagando y pareciera que sin una ocupación cierta. El desprejuiciado arrojar papeles y otros elementos, que incluyen la participación de desechos de mascotas en veredas y calles.

La falta de controles que regulen una vida más comprometida con lo racional, ayudan a todo esto. Ni contar de los ordenamientos que deberían existir en muchas cosas, algunas penadas que nadie hace cumplir, arrimándonos así al «Viva la Pepa», como se decía antes. Qué antiguo -dirá alguno-. Y sí, de una época donde te enseñaban el respeto por los demás y por la cosa pública, donde en la escuela aprendías a leer y escribir y a interpretar textos.

Algo que hoy ya se va perdiendo, pero donde la primera educación te la enseñaban en casa, donde difícilmente hubiera niños caprichosos. Claro está, hoy existen los derechos del niño; y así nos va.

Es difícil operar en una transformación donde la tecnología ha avanzado tanto que pareciera que los viejos cánones quedaron en desuso. La costumbre de compartir y dedicarnos a cosas tan simples como la lectura, están perdiendo espacio ante la computadora y ese aparato que robotiza que es el teléfono celular. Maravilloso elemento moderno, si se empleara módicamente, pero hoy lamentablemente está cambiando el proceder de la gente.

Sólo basta ver cualquier reunión donde participan varias personas para entender cómo cada uno está en un espacio virtual, donde la participación colectiva queda en un segundo plano.
El mundo que nos toca vivir y el que viene, quizás sea más complejo y nuestra capacidad de entendimiento de lo real, se complica. Pero tal vez en una vuelta a lo humanizado, a los valores que hoy añoramos -porque nos parece que eran los mejores- vuelvan a nosotros.

No sólo porque se crea que debe existir un ordenamiento que nos permita dejar bien atrás la época de las cavernas, sino porque en un mundo cada vez más complicado, se deberán extremar todas las habilidades para poder continuar una vida que entendemos debe ser normal. Y alguien preguntará qué es «lo normal», y yo diría que es aquello que nos permite comportarnos como seres humanos con respecto a sí mismos y también al prójimo.

El mundo sigue andando y las perspectivas de algo diferente, que ennoblezca al ser humano, van quedando atrás y con pocas posibilidades de encauzar la vida. ¿Pensar en negativo? Quizás. Cómo quisiera uno que no fuera así, y que realmente la esperanza que nunca debe faltar, sea el complemento necesario que nos ayude a vivir en el futuro.


 

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