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La mayoría de los medios periodísticos nacionales informaron del malestar que contra Cristina Fernández de Kirchner existe entre sus ex funcionarios que están detenidos acusados de graves delitos de corrupción, en los que ella también estaría involucrada, razón por la cual ha sido procesada.

Rosendo Rodríguez Labat

El enojo se fundamenta que se ha lavado las manos; y los ha dejado librados a su propia suerte. Si bien seguramente, la mayoría de los detenidos es la primera vez que se encuentran en esa situación, saben que la solidaridad entre quienes incursionan en el mundo de la delincuencia es una inviolable norma en un código no escrito que, inexorablemente debe cumplirse cuando alguno de sus habitantes cae en desgracia. Es decir cuando está en manos de la Justicia.

Pero, en este caso, lo que pone un condimento especial a ese malestar, es el convencimiento que tienen que si ellos hablan, confirmando lo que ya todo el mundo sabe, que la ex mandataria estaba al tanto y participaba activamente en todo lo que le atribuyen a ellos, no sería extraño que también perdiera la libertad.

No obstante esa filosa espada de Damocles que pende sobre su cuello, Cristina se muestra altiva y desafiante y pretende convencer que es una perseguida política y que la enorme fortuna que tiene ella, familiares y allegados es bien habida. Sin embargo, y a pesar de esa tranquilidad que se esfuerza en transmitir, no alcanza para ocultar que la procesión va por dentro. Y es probable, muy probable que cada vez que se le acerca un patrullero sentirá el mismo temor que sentiría una «mulita» al ser observada por Jaime Torres.

 

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La mayoría de los medios periodísticos nacionales informaron del malestar que contra Cristina Fernández de Kirchner existe entre sus ex funcionarios que están detenidos acusados de graves delitos de corrupción, en los que ella también estaría involucrada, razón por la cual ha sido procesada.

El enojo se fundamenta que se ha lavado las manos; y los ha dejado librados a su propia suerte. Si bien seguramente, la mayoría de los detenidos es la primera vez que se encuentran en esa situación, saben que la solidaridad entre quienes incursionan en el mundo de la delincuencia es una inviolable norma en un código no escrito que, inexorablemente debe cumplirse cuando alguno de sus habitantes cae en desgracia. Es decir cuando está en manos de la Justicia.

Pero, en este caso, lo que pone un condimento especial a ese malestar, es el convencimiento que tienen que si ellos hablan, confirmando lo que ya todo el mundo sabe, que la ex mandataria estaba al tanto y participaba activamente en todo lo que le atribuyen a ellos, no sería extraño que también perdiera la libertad.

No obstante esa filosa espada de Damocles que pende sobre su cuello, Cristina se muestra altiva y desafiante y pretende convencer que es una perseguida política y que la enorme fortuna que tiene ella, familiares y allegados es bien habida. Sin embargo, y a pesar de esa tranquilidad que se esfuerza en transmitir, no alcanza para ocultar que la procesión va por dentro. Y es probable, muy probable que cada vez que se le acerca un patrullero sentirá el mismo temor que sentiría una «mulita» al ser observada por Jaime Torres.

 

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