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Dirían que solamente quiso despeinarlo
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Dirían que solamente quiso despeinarlo

Es realmente sorprendente el grado de fanatismo que Cristina Fernández de Kirchner ha generado también en amplios sectores de la sociedad donde el nivel cultural de sus habitantes es elevado, y que no obstante las evidencias, se niegan a reconocer que sus gobiernos, como el ejercido anteriormente por su extinto esposo, son los principales e incuestionables responsables de haber instalado en el país una corrupción como jamás existió en su historia.

Rosendo Rodríguez Labat

Una contundente prueba de ello es que ella, como quien fue su vicepresidente, están siendo procesados por la supuesta comisión de hechos delictivos que en la mayoría de los casos las pruebas de su existencia son de una contundencia que aparecen como irrebatibles. Y junto a ellos, en la misma situación están quienes fueron importantes funcionarios y empresarios allegados que fueron beneficiados en forma poca transparente con obras y la concesión de servicios públicos. Amén de que no son pocos los ex funcionarios que ya están en las cárceles junto a presos comunes. Pero además de atribuirle esa responsabilidad, también es suya la que se relaciona con la droga, la inseguridad pública, la descomposición social, cultural y política que impera en el país, donde la burla a la independencia de poderes y a elementales normas de la Constitución Nacional, ya parece ser moneda corriente, y a la que el pueblo se ha acostumbrado y lo soporta resignadamente.
Pero en la suma de sus desaciertos no puede faltar el enorme perjuicio que le ha ocasionado al país el aislamiento internacional por su adhesión a ideologías que en el mundo están en vía de extinción. Esa errática política de esos doce años de gobierno kirchnerista significó el aumento de la pobreza, de la desocupación, y lo que también es muy importante, la decadencia de la educación pública, incluso la privada, en todos sus niveles, cuando en todos los países civilizados fueron y siguen siendo prioridades insustituibles porque sin ella no hay progreso posible.
Decimos que es realmente sorprendente que el fanatismo haya llegado también a esos espacios donde por las condiciones apuntadas de sus habitantes, nadie mejor que ellos están capacitados para observar y analizar con objetividad la realidad nacional. Y la realidad nacional no se la puede juzgar como buena. No es buena ni para los desocupados, ni para los pobres, ni para quienes sufren la mayor de las pobrezas que es el analfabetismo, por la simple razón de que con el asistencialismo social sin fecha de vencimiento no se terminará con esos flagelos, sino que se los consolida. Eso parece no verlo o no querer verlo, pero está a la vista de todos. No ha sido posible ocultarlo ni con encuestas mañosas, como a lo largo de doce años hicieron los gobiernos anteriores. Santa Cruz destrozada refleja un pasado al que no se quiere volver. Venezuela, a la que habían elegido como modelo a imitar, nos refleja un futuro al que no queríamos llegar, y por eso el pueblo los desalojó del poder. Esa incondicional fidelidad a Cristina puede aceptarse que la mantengan políticos, empresarios y sindicalistas que la pasaron muy bien durante sus gobiernos. Frente a ese desolador panorama de un país postrado, resulta inconcebible que aún se dude de la culpabilidad de la ex mandataria y se la siga considerando una perseguida política y se dude de hechos que estuvieron a la vista de todos, como cuando se contaba dinero en la «Rosadita», o se descubría a José López -un funcionario de su íntima confianza- depositando bolsones conteniendo millones de dólares en un convento de Luján. Sostenían que había sido una escena armada para perjudicarla. Lo único que faltaba era que dijeran que no contenían dólares sino que eran pequeñas biblias pintadas de verde. «La historia de las asambleas revolucionarias de todos los tiempos muestra que los fanáticos no han descubierto otro método de persuasión que la matanza sistemática de los adversarios» (Gustavo Lebon, sociólogo francés). Con relación al fanatismo y de lo que ocurre en torno a la ex primera mandataria, en uno de los habitués corrillos políticos locales no faltó quien pusiera como ejemplo que si un día ven a Cristina que le rompe la cabeza a garrotazos a un tipo, no dirán que lo quiso matar, sino que solamente lo quiso despeinar.
 

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Dirían que solamente quiso despeinarlo

Es realmente sorprendente el grado de fanatismo que Cristina Fernández de Kirchner ha generado también en amplios sectores de la sociedad donde el nivel cultural de sus habitantes es elevado, y que no obstante las evidencias, se niegan a reconocer que sus gobiernos, como el ejercido anteriormente por su extinto esposo, son los principales e incuestionables responsables de haber instalado en el país una corrupción como jamás existió en su historia.

Una contundente prueba de ello es que ella, como quien fue su vicepresidente, están siendo procesados por la supuesta comisión de hechos delictivos que en la mayoría de los casos las pruebas de su existencia son de una contundencia que aparecen como irrebatibles. Y junto a ellos, en la misma situación están quienes fueron importantes funcionarios y empresarios allegados que fueron beneficiados en forma poca transparente con obras y la concesión de servicios públicos. Amén de que no son pocos los ex funcionarios que ya están en las cárceles junto a presos comunes. Pero además de atribuirle esa responsabilidad, también es suya la que se relaciona con la droga, la inseguridad pública, la descomposición social, cultural y política que impera en el país, donde la burla a la independencia de poderes y a elementales normas de la Constitución Nacional, ya parece ser moneda corriente, y a la que el pueblo se ha acostumbrado y lo soporta resignadamente.
Pero en la suma de sus desaciertos no puede faltar el enorme perjuicio que le ha ocasionado al país el aislamiento internacional por su adhesión a ideologías que en el mundo están en vía de extinción. Esa errática política de esos doce años de gobierno kirchnerista significó el aumento de la pobreza, de la desocupación, y lo que también es muy importante, la decadencia de la educación pública, incluso la privada, en todos sus niveles, cuando en todos los países civilizados fueron y siguen siendo prioridades insustituibles porque sin ella no hay progreso posible.
Decimos que es realmente sorprendente que el fanatismo haya llegado también a esos espacios donde por las condiciones apuntadas de sus habitantes, nadie mejor que ellos están capacitados para observar y analizar con objetividad la realidad nacional. Y la realidad nacional no se la puede juzgar como buena. No es buena ni para los desocupados, ni para los pobres, ni para quienes sufren la mayor de las pobrezas que es el analfabetismo, por la simple razón de que con el asistencialismo social sin fecha de vencimiento no se terminará con esos flagelos, sino que se los consolida. Eso parece no verlo o no querer verlo, pero está a la vista de todos. No ha sido posible ocultarlo ni con encuestas mañosas, como a lo largo de doce años hicieron los gobiernos anteriores. Santa Cruz destrozada refleja un pasado al que no se quiere volver. Venezuela, a la que habían elegido como modelo a imitar, nos refleja un futuro al que no queríamos llegar, y por eso el pueblo los desalojó del poder. Esa incondicional fidelidad a Cristina puede aceptarse que la mantengan políticos, empresarios y sindicalistas que la pasaron muy bien durante sus gobiernos. Frente a ese desolador panorama de un país postrado, resulta inconcebible que aún se dude de la culpabilidad de la ex mandataria y se la siga considerando una perseguida política y se dude de hechos que estuvieron a la vista de todos, como cuando se contaba dinero en la «Rosadita», o se descubría a José López -un funcionario de su íntima confianza- depositando bolsones conteniendo millones de dólares en un convento de Luján. Sostenían que había sido una escena armada para perjudicarla. Lo único que faltaba era que dijeran que no contenían dólares sino que eran pequeñas biblias pintadas de verde. «La historia de las asambleas revolucionarias de todos los tiempos muestra que los fanáticos no han descubierto otro método de persuasión que la matanza sistemática de los adversarios» (Gustavo Lebon, sociólogo francés). Con relación al fanatismo y de lo que ocurre en torno a la ex primera mandataria, en uno de los habitués corrillos políticos locales no faltó quien pusiera como ejemplo que si un día ven a Cristina que le rompe la cabeza a garrotazos a un tipo, no dirán que lo quiso matar, sino que solamente lo quiso despeinar.
 

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